SU MUERTE

Durante el primer semestre de 1821 Güemes suplicó auxilios para equipar la fuerza que debía marchar al Perú a sostener la campaña sanmartiniana. Pero las heridas abiertas por su gestión política y económica a favor de la Independencia, el sostenimiento de la causa –forzosa o voluntariamente- a cargo de los pudientes –ya ex pudientes- de Salta y Jujuy, generaron una enconada oposición. Mientras, el Gral. San Martín ya había desembarcado en las costas peruanas.

A la falta de recursos se sumaron otros obstáculos:

·        Bernabé Aráoz  invadió Santiago del Estero evitando que Felipe Ibarra le enviara apoyo, desestabilizando a Güemes. El Cabildo de Salta autorizó marchar sobre Tucumán, por lo que Güemes hizo retroceder las fuerzas concentradas en Humahuaca y las dirigió a suelo tucumano.

     Güemes se encontraba al Sur de Salta, cuando la vanguardia realista al mando del Coronel Guillermo Marquiegui se aproximó a Jujuy con una importante tropa. José Ignacio Gorriti lo enfrentó el 29 de Abril y tomó prisioneros a Marquiegui, su hermano Felipe, al Cnel. Vigil y a toda la División. Los vencedores fueron recibidos en Salta con gran algarabía.

Olañeta se alejó hacia el Alto Perú dejando parte de la tropa al mando de José María Valdez esperando la oportunidad para marchar sobre Salta, recuperar a los prisioneros (Guillermo y Felipe Marquiegui eran cuñados suyos) y vengar la afrenta.

·        En mayo de 1821, en ausencia de Güemes, los comerciantes se rebelaron y el Cabildo -liderado por ex pudientes- lo depuso del cargo de gobernador y lo condenó al exilio. Este levantamiento es conocido como la Revolución del Comercio. Al recibir el acta de destitución Güemes regresó a Salta, el 31 de Mayo y aplacó la rebelión con su sola presencia.

Al fracasar, los revolucionarios huyeron, unos hacia Jujuy en busca de los realistas, otros hacia Tucumán en busca de Aráoz y otros se ocultaron.

·        Aprovechando las circunstancias Pedro Olañeta ocupó Jujuy y apoyó a los enemigos internos del Prócer. Uniendo resentimientos urdieron un ataque a traición que se concretó con éxito cuando lograron sorprenderlo.

Mientras Guemes reorganizaba el ejército en un campamento cercano a la capital, se trasladó a una casa de la ciudad, propiedad de su hermana y colaboradora, la heroica Macacha. Allí, en la madrugada del 7 de junio de 1.821, fue sitiado por una partida realista que guiada por baqueanos y un comerciante traidor había ingresado a Salta desde el Oeste por un sendero de difícil transitabilidad. Iba al mando del español José María Valdéz, conocido como “Barbarucho” quien con un selecto grupo ingresó subrepticiamente durante la noche, bloqueando la manzana.

Güemes había enviado hacia la plaza a uno de sus ayudantes quien al encontrarse con la partida del rey recibió algunos disparos. Al escucharlos Macacha lo incitó a escapar por una puerta secundaria, Güemes se negó a abandonar la escolta y montando con arrojo su caballo buscó la calle. Por la espalda, una bala le atravesó la región sacro-coxígea-glútea.

Fue auxiliado por sus gauchos y trasladado al monte. Allí, bajo un árbol, soportó una cruel agonía, dejando a la posteridad la última lección de amor y valentía.

Durante diez días, bajo un cebil colorado y recibiendo el cuidado y afecto de sus tropas, acosado por dolores físicos y sin posibilidades de alivio continuó dando órdenes desde un catre. Dos comisiones enviadas por el invasor le ofrecieron atención médica, títulos y honores a cambio de abandonar la lucha. Mientras estaba en pié no había cedido a los ofrecimientos con que intentaron comprarlo, tampoco entonces, en el umbral de la muerte, cedió.  

En presencia de la segunda comisión, dos días antes de morir, cortándole la palabra al emisario, ordenó al coronel Jorge Enrique Widt:  ¡Júreme usted, sobre el puño de esta espada, ya mismo y delante de estos señores, que cuando yo muera seguirá la lucha mientras haya un enemigo de la Patria y un salteño dispuesto a dar la vida por la libertad". El coronel hizo el juramento y los emisarios, avergonzados ante quien ni la agonía doblegaba, se retiraron.

El 17 de junio de 1821, a los 36 años,  entregó su alma al Creador mientras Pedro de Olañeta era recibido con honores por los antigüemistas, asumiendo el  Gobierno.

CONSECUENCIAS

Si se hubiera permitido que Güemes auxiliara a San Martín, ambos hubieran libertado el Perú y las Provincias Unidas no se hubieran desmembrado. Al proclamar la Independencia del Perú (el 28 de Julio de 1821) San Martín quedó huérfano de apoyo y bajo la presión de las tropas realistas concentradas en el Alto Perú al mando de Olañeta y las de La Serna en el Perú.

Olañeta había firmado con los antigüemistas un armisticio que San Martín calificó de indigno porque pactaba el retiro de las tropas invasoras. A cambio e ello  Salta se comprometía a no marchar hacia el Alto Perú e impedir el tránsito por su territorio de fuerzas con ese destino.

San Martín tuvo que retirarse del Perú sin lograr la liberación por la que ambos héroes y sus hombres habían sacrificado bienes, familia y vidas.

Simón Bolívar y Antonio José de Sucre completaron, recién en 1825, lo que iniciaran nuestros patriotas, sin el padecer ni las penurias que nuestras tropas y pueblos habían realizado en pos de la libertad. Los lauros finales fueron para los venezolanos, no para los argentinos.

Por eso esta página pretende erigirse en un altar de reconocimiento a aquellos que sin dobleces lucharon por nuestra Independencia y sin embargo quedaron relegados a un papel minúsculo, secundario, que no ejercitaron. La grandeza con la que abrazaron la causa Patriota no merece este destino.

Sin embargo los Planes de Estudio de los Profesorados de Historia no contemplan la Gesta Güemesiana; en el Nivel Secundario ocupa escasos renglones, lo mismo que en el Nivel Primario.

Sepa el lector ver lo que sistemáticamente le fue ocultado: la grandeza de un pueblo y el martirio de hombres como Güemes que no merecen marginación ni olvidos.

Que la redacción de esta escueta semblanza, finalizada el 29 de Junio de 2009, cumpla el objetivo con el que fue escrita y sea pedestal para la honra que desde una tumba silenciosa nuestros antepasados reclaman.

Macacha